Economía Crítica Málaga

Universidad de Málaga

El ser humano no es egoísta por naturaleza

Thomas Hobbes concibió al ser humano como egoísta y antisocial (malvado) por naturaleza, un “lobo para el hombre” (homo homini lupus), algo radicalmente contrario a lo presumido por Platón y a Aristóteles.

Esta expresión es muy utilizada por ciertas personas, con objeto de excusar aquellos comportamientos que se orientan inmoralmente en determinados aspectos, ya sean propios o ajenos. De esta forma realizar un acto en beneficio propio, sin importar el daño que pueda producir a terceros, se entiende no sólo de lo más lógico y habitual, sino como también algo imposible que no se dé; como algo necesario. Tonto será aquel que no aproveche una oportunidad para beneficiarse a costa de otros, si tiene esa oportunidad.

Asimilando que al ser humano única y exclusivamente le importa lo inherente a uno mismo, el individuo actuará en consecuencia: rebasando todo obstáculo que se interponga por delante sin atender a nada más que al fin último anhelado. La vida aparece entonces como una lucha, como una competición en el que el más fuerte merece vencer; la vida de los seres vivos tal y como estamos acostumbrados a entenderla.

Lo que escapa a estas mentes simplistas e individualistas es que la tendencia a la agregación, es decir, a la unión en conjuntos más amplios y complejos, puede considerarse como una tendencia general que se encuentra inserta en la propia lógica de la vida:

Los biólogos han puesto un gran énfasis en señalar la predisposición positiva general de las células para la hibridación, al tiempo que los etólogos han subrayado que en la naturaleza animal son más abundantes los casos de cooperación y asociación que los de confrontación y destrucción.
Los seres vivos se agrupan básicamente para encontrar respuestas y soluciones a problemas con los que no es posible enfrentarse eficazmente de manera individual y aislada.

De hecho, nuestra especie como tal ha llegado a ser lo que es gracias a esta tendencia que empezó a llevar a cabo desde sus orígenes, allá en tiempos donde la actividad de cazar pasaba a ser profundamente más eficaz si se actuaba en grupo.

Por lo tanto, el ser humano no es egoísta por naturaleza. Si lo es, es por cultura. Y no precisamente todas las culturas de la faz del planeta propugnan estos comportamientos. Es sabido que las culturas más antiguas en el tiempo eran mucho más humanas y de cooperación, e incluso hoy día diversas tendencias de culturas asiáticas promueven ideales de amor antes que de conflicto.

El ideal más devastador en este sentido en toda la historia del ser humano ha sido el del capitalismo, con sus orígenes muy influidos por el pensamiento calvinista, donde Dios otorga el perdón y la gloria no por los hechos, sino por la fe; así como sus motores principales entre los que se encuentra la idea de competencia de Adam Smith como el mejor instrumento de distribución de la riqueza.

La solidaridad, la camaradería, el compañerismo, la fraternidad, la cooperación, la colaboración… son muchos de los conceptos que han sido enterrados por la fría lógica racionalista del capitalismo, atentando contra los mismos principios de la Naturaleza y contra el Ser Humano en sí mismo.

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