Economía Crítica Málaga

Universidad de Málaga

Inexistencia de cultura política

En una democracia se supone que la toma de decisiones responde a la voluntad general. Los ciudadanos eligen a sus representantes mediante un sistema electoral por el cual se configuran aquellos puestos que ostentarán el poder.

Dejando de lado las imperfecciones de los sistemas electorales, las deficiencias de los mecanismos de escrutinio de votos, y cualquier tipo de factor administrativo que atente contra el principio “una persona, un voto” (que no son pocos, ni exentos de gran importancia); existen otros matices que deterioran la democracia en sí.

Estos rasgos gozan de la característica de no ser apreciables a simple vista, y a menudo no lo son ni a través de un proceso complejo. Son a su vez, muy diferentes entre sí, perteneciendo a ámbitos distintos a los cuales se les da, equívocamente, poca trascendencia. Se conocen, pero no se tienen en cuenta.

En primer lugar podríamos destacar el problema de la participación en unas elecciones. Que no toda la población exprese su voluntad resta legitimidad a los elegidos. No pueden considerarse preferidos por la mayoría del pueblo porque una parte de éste (a veces de una proporción muy considerable) no ha participado en la votación.

Entramos entonces en el tema de la impasibilidad como rasgo fundamental de los ciudadanos. Si no votan no es por falta de ideas, ni de inquietudes; sino por desinterés y apatía, fundamentalmente. Estas personas no son conscientes de que disfrutan de uno de los derechos más importantes del mundo contemporáneo, que costó sangre, lágrimas y dolor a aquellos que lucharon por conseguirlo. Al igual que tampoco asimilan que tienen en su mano un pequeño atisbo de poder para cambiar las cosas.

En otra dimensión permanecen aquellos que votan sin conciencia política, ya sea por obligación de tipo moral o familiar, o por inercia. No son pocos quienes van a depositar su voto porque les hace ilusión, o porque sus personas más cercanas lo hacen y ellos no pueden ser menos.
De esta manera, el destino del voto no estará sometido a la orientación de pensamiento, sino a factores superficiales y casuales:
Si un amigo o familiar se encuentra entre los candidatos, no hará falta pensar el voto.
Si toda la familia o amigos votan lo mismo, uno no tardará en decidirse.
Si uno de los candidatos parece tener buena imagen estética, él se llevará el voto.
Si en el colegio electoral se advierte la simpatía de algún afiliado político, el voto irá a su partido.
Si es la primera vez que vota y no sabe bien cómo funciona, cualquier interesado puede engañarle.
Si la papeleta es verdaderamente original, quizás valga la pena cogerla.

Por último tenemos a quienes van al colegio electoral muy decididos, porque saben perfectamente a quienes van a votar y están convencidos de que obran conforme a sus ideas. Pero este grupo tampoco escapa a los problemas.
La gran mayoría de ellos no saben cómo funciona el sistema electoral en toda su complejidad; no conocen las artimañas ocultas del procedimiento, y actúan desde una relativa ignorancia, votando a menudo por posturas que de poseer toda la información relevante, no votarían.
Otros están motivados por aquello que escucharon en el último mitin, porque fueron convencidos por palabras y promesas cautivadoras, que no tienen por qué reflejar la realidad.
Algunos votan por tradición, sin saber realmente cuales son los ideales del candidato elegido, a la vez que mantienen una ciega fe en su futuro comportamiento.
Unos pocos no votarán al candidato con el que estén de acuerdo, sino al que menos les desagrade; ya sea porque no exista la opción que piensan es ideal, por estrategia política para evitar un mal mayor, o por puro desconocimiento de la existencia de un partido más acorde a su pensamiento.

Y ya al margen de estos tres grupos, se encuentran los que votan con conciencia y cultura política, sabiendo lo que hacen y conociendo, en mayor o menor medida, todo el espectro político y sus orientaciones ideológicas.
Precisamente este grupo conforma una minoría en toda la población ciudadana.

Después de analizar las diversas agrupaciones de votantes y no votantes, cabe afirmar que la sola existencia de un régimen democrático no determina que la élite política elegida sea la que en realidad desea la mayoría de los ciudadanos; o al menos, la que más acorde está con los intereses e ideas de la población en general.

Hasta que no exista una cultura política generalizada en un determinado país, la elección de los representantes desgraciadamente no responderá únicamente a su ideología y a su conducta política.

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