Economía Crítica Málaga

Universidad de Málaga

Declaración de la Cumbre del G-20 en Washington

Como era de esperar por todo analista crítico y mínimamente consciente de la situación económica actual, la Declaración de la Cumbre de Washington firmada el pasado 15 de noviembre ha resultado una decisión que no da ningún paso hacia una estructura económica mundial que anteponga el bienestar humano y el cuidado del planeta al crecimiento económico descontrolado.

Fruto de la asociación de los países más desarrollados del planeta (sin tener en cuenta a los países subdesarrollados, que son las principales víctimas y por tanto los mayores interesados en solucionar la actual crisis), esta Declaración se brinda como una reforma del sistema capitalista actual que ayudará a superar la crisis financiera. Pero curiosamente esta reforma se ha planteado dentro de unos márgenes establecidos por el libre mercado, la propiedad privada, el comercio y las inversiones libres en mercados competitivos, lo que conlleva inevitablemente a deducir que las cosas no van a cambiar en absoluto. Parece que nadie les ha explicado a estos dirigentes políticos el origen y las causas de la crisis, pues ni siquiera dicen en la declaración algo al respecto. Se ha hecho especial hincapié en el rechazo del proteccionismo y de la regulación excesiva, así como en el libre mercado competitivo, sin detallar que estas teorías únicamente se ponen en práctica cuándo conviene y dónde conviene.

La Declaración propone para aquí en adelante una mejor práctica de las políticas monetarias y también una serie de convenientes políticas fiscales, que lejos de resultar fácilmente adoptables dentro del marco actual (apenas modificado), se presentan como un pequeño retroceso en la doctrina neoliberal.

En el texto no se hace ninguna mención relevante a los paraísos fiscales, cuando es a todas luces uno de los factores que ha contribuido a generar esta crisis financiera, sin olvidar que se trata de un importante bastión de muchos bancos e instituciones que atenta contra la transparencia en materia financiera, el tesoro público de los Estados, los derechos humanos; y en definitiva contra la moral y la ética.

Resulta vergonzoso que se haya decidido reforzar el papel del Fondo Monetario Internacional, cuando esta institución se sitúa entre los principales culpables del estado actual de la economía mundial y sobretodo de la situación tan penosa en la que se encuentran numerosos países subdesarrollados.

Otra característica curiosa de esta declaración es que sus firmantes parecen haberse olvidado de la repercusión que está teniendo esta crisis financiera sobre la actividad económica real como consecuencia de la enorme interrelación entre ambas dimensiones. Se han dispuesto a solucionar la crisis, pero únicamente prestando atención al mundo financiero; como si el desempleo emergente y el hambre acentuada no tuvieran nada que ver con la crisis.

Pero lo peor de todo es el espíritu palpable entre estos representantes políticos que tienen como fin ideal la vuelta al estado anterior al verano de 2007 (fecha en la cual la crisis empezó a dar sus primeros síntomas). ¿Es posible que tengan por ideal una situación en la cual según la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) 25.000 personas mueren todos los días en el mundo como consecuencia del hambre y la pobreza? ¿O en la cual en un lapso de dos años puedan contabilizarse 840 millones de personas desnutridas?

No es ése el mundo que queremos. No queremos un mundo en el que la desigualdad sea su principal característica, en el que unos pocos lo tienen casi todo y la gran mayoría no tenga casi nada. No queremos un mundo en el que unos países opriman y dominen a otros países mediante el poder económico y militar. No queremos estructuras jerárquicas que omitan información a sus ciudadanos, ni que hagan lo posible por mantenerlos dormidos y entretenidos para que no alcen la voz. No queremos un crecimiento económico basado en la explotación descontrolada e irresponsable de los recursos naturales, ni sus consecuencias desastrosas para nuestro entorno ecológico.

No queremos volver a la situación anterior a la crisis; queremos aprovechar este punto de inflexión para diseñar y construir una sociedad global más humana y más justa, a través de una organización mundial que sea eficaz y en la cual todos los pueblos del planeta tengan voz y puedan expresar sus intereses sin que ninguno de ellos tenga la última palabra. Queremos anteponer los seres humanos y sus sentimientos al negocio y al dinero, eliminando los valores de competencia, de egoísmo y de avaricia que priman en nuestras sociedades capitalistas. Queremos que las inversiones económicas se realicen sobre actividades productivas, y que no se utilice el dinero para generar más dinero a través de la especulación descontrolada mediante procedimientos carentes de toda transparencia y faltos de todo principio ético. Queremos acabar con la miseria y el hambre de los países del tercer mundo, a través del fortalecimiento de las estructuras productivas de estos países, gracias a la sustitución de los actuales sistemas de abuso y de supremacía por otros en los que prime la solidaridad y la colaboración entre pueblos. Queremos un sistema de crecimiento sostenible y responsable, que adopte los ideales del “decrecimiento” como vía para escapar a la destrucción de nuestra civilización.

Queremos que noten nuestro malestar con respecto a las medidas adoptadas en la cumbre de Washington, y que escuchen nuestras propuestas. Por eso no dejaremos de alzar la voz, y de animar a todos los ciudadanos a hacerse oír. La solución está en la movilización social y el descontento ciudadano. La batalla será dura, pero toda maniobra, por simple e insuficiente que parezca, será una pequeña llama que ayudará a avivar un fuego más grande que tarde o temprano logrará hacerse notar y que provocará importantes cambios en nuestro injusto orden económico, político y social.

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