Economía Crítica Málaga

Universidad de Málaga

Crisis energética y crisis de la civilización

o_crisis-energeticaLa actual crisis económica mundial ha fortalecido en muchos aspectos la idea de que la humanidad se dirige a través de un camino lleno de peligros y adversidades que atentan contra la propia integridad de la civilización. Es de sobra conocido y reconocido –salvo por las mentes menos despiertas- que el actual modelo de vida de una pequeña proporción de la población es totalmente insostenible, y cuyos efectos a nivel global para el ser humano y para el planeta son devastadores y en gran parte irreversibles. La globalización económica, el cambio climático, el agotamiento de las materias primas energéticas, y la sobrepoblación están a la cabeza en el orden de los serios problemas a los que se enfrenta la humanidad.

La globalización ha traído riqueza y prosperidad a unos pocos a costa de otros muchos. Ha aumentado (y lo sigue haciendo) la desigualdad en límites insospechables e intensificado la explotación de las personas y de los recursos del planeta; por no hablar de la erosión cultural y social de muchas comunidades que ha provocado, y seguirá haciendo.

La sobrepoblación es un problema que se atiende a la lógica aritmética y que presumiblemente no dejará de intensificarse hasta la mitad del siglo XXI, cuando la población se estabilice en torno a los 10.000-12.000 millones de personas1 (cerca de 4.000 millones de personas más que en la actualidad). Sobra decir que, aunque la población para entonces deje de aumentar, los problemas que de por sí acarrea esa colosal cifra no son nada despreciables.

El cambio climático es un hecho provocado por la acción humana, reconocido ampliamente por la comunidad científica, que se revela en una subida de la temperatura global, un aumento del nivel del mar, alteraciones extremas en los condicionantes climatológicos (provocando por igual inundaciones y sequías), una aceleración en el proceso de mutación y desaparición de muchas especies, una creciente dificultad para hacer frente a la desertización y problemas notables en lo que se refiere al despliegue de la agricultura y ganadería. La monumental fuerza de las catástrofes naturales escapa a todo esfuerzo humano por controlarla y evadirla, por lo que la única solución viable para este dilema pasa por la etapa de prevención, y nunca por la de curación.

El agotamiento de las materias primas energéticas responde también a un problema totalmente lógico y sencillo, a pesar de que la conciencia común apenas se ha planteado nunca la finitud de dichas materias. El actual sistema de crecimiento requiere de la extracción continua y exponencial de los recursos; por lo que obviamente al disponer de unos recursos limitados, el sistema no puede mantenerse ad eternum. La demanda creciente de estas materias primas provocará, en el momento inevitable (si nada cambia) de intensa escasez y por lo tanto de reducida oferta, un enorme aumento de los precios que desembocará en cruentas luchas por el control y gestión de los recursos, con todas las consecuencias nefastas que ello conlleva. La cuestión no es baladí, ya que los combustibles fósiles corren hoy a cargo de un 79,5 por ciento de la energía que se consume: el petróleo a la cabeza con un 35 por ciento, seguido del carbón con un 23,3 por ciento, y en tercera posición el gas natural, con un 21,2 por ciento. La propia electricidad depende visiblemente de los combustibles fósiles: en 2002 el 64,4 por ciento de aquélla se obtenía de éstos2.
La dependencia de dichas materias primas es innegable para mantener el actual modelo de producción y consumo.
Sin embargo, ni siquiera se trata de un problema a largo plazo. La mayor parte de estimaciones calculan que el pico de Hubbert (momento en que es inviable aumentar la cantidad de petróleo y por tanto la producción inevitablemente comienza a descender) se producirá en la primera mitad de este siglo. Si se asume, partiendo del consumo actual de 80 millones de barriles diarios, que la demanda crecerá a un ritmo del 2 por ciento anual, el pico se producirá en torno a 20303.

Se han querido vislumbrar ciertas respuestas a este problema que, aunque habiendo sido apartado de la agenda política y económica, sigue siendo inminente. La energía nuclear ha sido la fórmula que más se ha citado como panacea del problema. No obstante, basta analizar un poco esta fuente de energía para constatar que aquellas voces que propugnan su desarrollo no buscan otra cosa que expandir un negocio prolífico. A pesar de ser una fuente de energía concentrada que emite pocos gases de efecto invernadero, los puntos negativos ensombrecen cualquier ventaja que se pueda observar: a día de hoy no existe solución en lo que respecta a los residuos, altamente contaminantes; las centrales nucleares emplean enormes cantidades de electricidad, tanto en la construcción de reactores como en el tratamiento de los residuos, por lo que la emisión de gases de efecto invernadero está asegurada al menos en estos procesos; esta industria produce en exclusiva energía eléctrica, cuando la electricidad es sólo una parte de la energía que consumimos; el costo económico y ambiental de las instalaciones goza de una extraordinaria envergadura4; se prevé que las reservas de uranio se agotarán en el decenio de 20305; los procesos de fusión requieren un fabuloso despliegue de seguridad…
Por todo ello, la solución al problema (planteada como solución ideal a medio y largo plazo) jamás puede pasar por la sustitución de la energía nuclear por la economía del petróleo.

Otra alternativa palpable y sobre la que se sitúan numerosas miradas es el conjunto de las energías renovables. A pesar de que es indudable que el remedio pasa necesariamente por el desarrollo de este tipo de energías, no deja de ser cierto que éstas conllevan una serie de inconvenientes: estas energías son por lo general muy costosas; para poder satisfacer gran parte de la demanda energética actual sería necesario crear infinidades de nuevas centrales energéticas; el aprovechamiento de algunas de estas energías es lento y poco eficaz6; muchas de estas fuentes de energía se sitúan en parajes vírgenes por lo que el transporte de energía se presenta muy costoso y complicado7; no existe voluntad política en desarrollar este tipo de energías debido al fácil y general acceso a sus principales fuentes, con el problema de pérdida de cuota de mercado y de poder que ello conlleva…

No obstante, y esto es al cabo lo más importante, suplantar la economía del petróleo por la de las energías renovables manteniendo el mismo nivel de vida no es ni de lejos una solución satisfactoria. No se puede concebir un remedio a los males propuestos que no pase por la gradual reducción de los niveles de consumo y por lo tanto por un cambio notorio en nuestro despilfarrador estilo de vida.

NOTA: todas las citas han sido extraídas de Taibo, C. (2009): En defensa del decrecimiento. Sobre capitalismo, crisis y barbarie., Catarata, Madrid.
1 Fondation Nicolas Hulot, Écologuide de A á Z (Le Cherche Midi, París, 2006), pág. 80.
2 J. Sempere, “Los riesgos y el potencial político de la transición a la era post-petróleo”, en J. Sempere y E. Tello.op.cit.,pág.49.
3 Roberts, op. Cit.,pág.48.
4 Jeremy Rifkin ha recordado en el número del 8 de diciembre de 2007 de Público que Francia “gasta en enfriar los reactores nucleares el 40 por ciento de todo el agua que consume, y esa agua calentada vuelve a los ríos y lagos”.
5 Ibidem.
6 Las centrales eólicas, por ejemplo, no funcionan siempre: sólo pueden hacerlo durante un 20 o 25 por ciento del tiempo.
7 J. Levy, El día del juicio final (Martínez Roca, Madrid, 2007), pág. 209.

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