Economía Crítica Málaga

Universidad de Málaga

Nuevo ardid publicitario

2008-12-08-publicidad

Hace unos días una amiga me habló sobre una curiosa página de Internet. Me contó que a cambio de ver unos diez minutos de publicidad cada día y calificar los anuncios te ofrecen puntos que puedes ir acumulando a lo largo del tiempo para luego canjearlos por determinados productos como entradas de cine, videoconsolas, balones, mochilas y otro sinfín de artículos.

En general, la iniciativa fue bien recibida en mi grupo de amigos. Se argumentaba que era la primera vez que ver anuncios publicitarios iba a tener su recompensa. A costa de visualizar anuncios que diariamente y gratuitamente nos llegan de todos los lugares posibles –y que no nos reporta coste alguno hacerlo- podríamos recibir diversos regalos. A pesar de que el truco era evidente (para determinados regalos habría que estar más de 300 días viendo anuncios), algunos obsequios como las entradas de cine no requerían demasiado tiempo delante de la pantalla, y salía rentable el trueque.

Sin embargo, el inconveniente de fondo es mucho más acentuado y preocupante que el mencionado. Pero es fácilmente imperceptible sin un análisis más completo de la situación.

No podemos olvidar la naturaleza de la publicidad. Su objetivo primordial consiste en dar a conocer al público determinados bienes y servicios –a través de variados e ingeniosos mecanismos y estratagemas- para darles salida en el mercado y así poder obtener beneficios. Esta definición requiere diversas matizaciones al hablar de la publicidad que prevalece en nuestro actual sistema consumista. En una sociedad como la nuestra en que todas las necesidades básicas están cubiertas con creces para la mayoría de la población occidental, el propio sistema empresarial en su conjunto se ve obligado a crear nuevas necesidades en los ciudadanos para así instarles a comprar productos que antes no creían necesitar. De esta forma, los bienes y servicios que no se venderían por no ser necesarios pasan a ser artículos indispensables para muchos de los consumidores que se verán presionados a emplear su dinero en adquirirlos. Ellos se verán más satisfechos y realizados, y las empresas podrán seguir con sus respectivos negocios.

El medio a través del cual se crean esas necesidades ficticias o secundarias es la publicidad comercial. Pero este ambicioso objetivo no se puede lograr con una publicidad normal y recatada. Por ello, los anuncios publicitarios de hoy en día abarcan todo tipo de canales y diseños para resultar ser lo más omnipresente y agresivo (y por lo tanto, útil) posible hacia el consumidor. Los mensajes aparecen así en los medios de comunicación, en los transportes públicos y sus instalaciones, en las infraestructuras urbanas, en los edificios, en todo tipo de productos, en internet… siendo imposible huir de ellos. La publicidad se ha metido en nuestras vidas sin pedir permiso. Es una creación artificial cuyo objetivo es influir en nuestras conductas para satisfacer los intereses económicos de ciertas entidades empresariales. La publicidad nos aconseja, nos sugiere, nos presenta, nos guía día tras día sin descanso alguno. Y cuando alguien está recibiendo el mismo mensaje una y otra vez, acaba por creerlo cierto sin darse cuenta. El subconsciente del ser humano es una dimensión compleja y sorprendente, que puede ser alterado por señales visuales, auditivas, sensoriales si éstas no dejan de repetirse constantemente. Somos influenciables, somos vulnerables… y a menudo no nos damos cuenta de ello.

Así pues, la idea de acudir voluntariamente día tras día a la visualización de anuncios publicitarios se me antoja deplorable. No basta con la cantidad de mensajes que recibimos hora tras hora de forma involuntaria, sino que ahora decidimos por nosotros mismos que nos envíen todavía más. Se trata de otro ardid publicitario, en el que se nos “paga” nuestra exposición voluntaria a sus mensajes. Los intereses empresariales han estado siempre intentando llegar a nosotros para controlar nuestros hábitos consumistas, pero ahora resulta que somos nosotros los que queremos llegar a ellos para que nos influyan más fácilmente.

Es bien sabido que hay personas más influenciables que otras, que a la hora de recibir señales publicitarias responderán con más intensidad que otras; pero también es cierto que nadie escapa a ese condicionamiento invisible e imperceptible, por pequeño que sea su efecto. No obstante, argumentar que se es una persona poco influenciable no basta para validar éticamente el acceso a esa página web. Hay muchos otros factores a tener en cuenta. Peor que acabar uno condicionado por los mensajes publicitarios es resultar una antena parabólica de información y producir que tus amigos y conocidos acaben sabiendo del sitio web. Ese es un efecto que sirve exponencialmente a los intereses del ardid publicitario. Quizás a ti no te afecten demasiado esos anuncios, pero muy probablemente no suceda lo mismo con todos aquellos a los que le has dado a conocer la página web.

De todas maneras, y para concluir, quizás no haya mejor razón para criticar el uso de este servicio web que la referencia a los principios de la persona. Al fin y al cabo, si uno es consciente de lo nociva que puede resultar la publicidad, debería abstenerse de colaborar con esta estrategia empresarial que a fin de cuentas lo único que busca es obtener lucro a costa de los consumidores.

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